El artículo manifiesta la importancia que tiene la creación de un entramado de comunidades a partir de la creación de la pequeña comunidad a la que aporta opiniones para su caminar.
Nos
pasea por los retos y oportunidades que nos brinda la cultura actual y se
fijará en los valores que nos provoquen un modo más adecuado de vivir la fe
comunitaria, presentándonos siete propuestas que deben ir marcadas por una
actitud profética y el sueño de una nueva forma de configuración eclesial.
La
situación eclesial al igual que la sociedad nos brindará retos y oportunidades
con los que orientar convenientemente la mirada al futuro: unidad, diálogo,
comunión complementariedad…
De
qué vale conocer si no entramos en el desafío de la evangelización. Es cuestión
de empezar.
En medio de esta
crisis, globalmente la vida religiosa permaneció fijada en el texto del
Vaticano II en vez de contemplar la gran crisis religiosa que se manifestó tan
claramente pronto después del Concilio. Sin embargo, el decreto Perfectae
Caritatis es un texto totalmente obsoleto que no nos da ninguna orientación
para el futuro. Parece más bien que da la orientación para el pasado.
Contemplado desde la realidad donde ahora estamos, es perfectamente ingenuo.
Ignora totalmente los retos de la religión de nuestra época. Con certeza, este
es uno de los documentos más débiles del Concilio, pero leído a la distancia,
decepciona porque sí se podría prestar más atención a los signos de los tiempos
que ya existían, aunque en forma más discreta, en aquella época.
Primero, el Concilio
para contemplar la vida religiosa, parte del derecho canónico y define la vida
religiosa por el derecho canónico.
Puesto que desde el
principio él confiere la prioridad a los institutos. A su mirada, la vida
religiosa es una institución antes de ser una vida. Es ignorar totalmente el
estudio hecho sobre las instituciones que ya existía en aquella época. Se
supone que las personas que hicieron la profesión en un instituto, están
viviendo una vida religiosa, viviendo un carisma específico. Se supone
inclusive que están viviendo una vida cristiana porque están cubiertas por un
revestimiento que se afirma cristiano. No se puede identificar la vocación
religiosa con pertenecer a un instituto. El instituto orienta para sí mismo
muchas de las energías de sus miembros, energías dedicadas a la organización,
al poder, a la subsistencia del instituto. Pensar que se es religioso por haber
hecho la profesión de los votos, es confundir lo jurídico con lo real. Los
institutos pueden muy bien matar a la vida religiosa de sus miembros, como ya
fue demostrado tantas veces en la historia.

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